
Cada vez que los copos tiñen de blanco la tierra donde habito, donde mi famlia ha habitado durante más de dos siglos, me vienen a la cabeza los días de mi infancia, cuando mi padre nos levantaba al grito de : "¡Está nevando!" no importaba que hora del día o de la noche fuera...supongo que su entusiasmo es hoy día mío. Recuerdo estar cubierta de ropa, al estilo cebolla, capa sobre capa y parecer el muñeco de Michelin, recuerdo que no había clase, y que mi abuelo me dejaba asomarme a la puerta cada media hora a tirar bolas de nieve a la pared de la vecina, Fermina, que solía salir a renegarnos porque se le iba a calar y luego no habría manera de que se secara. Pero, a nosotros, nos daba lo mismo, porque la cara de alegría de mi hermana y mía cuando hacíamos la bola de nieve y la lanzábamos merecía la pena. Ojalá y la nieve nos deje una imagen como la que adjunto a este post.
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